Yo soy un firme defensor de los chistes. De todos. Incluso de los fomes. De hecho, recurro a ellos permanentemente, y mientras más fome, más tonto, más absurdo, mejor. El truco está en saber contarlo, o más bien, en el momento de contarlo. Suena raro eso de “contarlo”. Tirarlo sería el verbo más adecuado, porque es algo que sale de la boca, sin pensarlo demasiado (si uno lo piensa mucho, se toma conciencia de lo fome que es, y al final no se cuenta nada, y se va todo al demonio!). Es que no hay nada que resulte más efectivo para romper el hielo, distender el ambiente, crear conversación o soltar el ánimo que un chiste fome. Porque siempre hay alguien, siempre hay un incauto que no lo conoce, que no se lo espera. Y se ríe, que es lo peor. Y contagia. Y al rato, después de que la talla pasó hace tiempo, se vuelve a acordar del chiste y vamos riéndonos de nuevo.
Yo tengo un par de esos regalones, que son viejos-viejos, de esos cuando uno pasaba las tardes de los sábado viendo al guatón Francisco (más rato me agacho a recoger el carné…):
Un tipo (gallego, obvio) llama por teléfono a otro, y le dice: “Hola Paco, te hablo por la plancha…” “Hombre! Qué bien se escucha…!” (cuek!)
O el del tipo aquel que le cuenta a otro: “hombre, me he comprado cien palomas…” “¿mensajeras?” “No, no te exagero…” (cuek! cuek!)
Espantosos. Horribles de fomes. Pero, cosa curiosa, igual provocaron risas en su momento. Claro, fueron momentos de angustia, tensión, y encierro en una oficina de 2 x 2, pero igual vale (además, estoy hablando de que el que más se reía es un weón que no sabía cómo murió Picasso… o sea! Ese weón no cachaba nada de chistes!)
Ahora que recuerdo, yo antes tenía hartos chistes estúpidos en la mente, listos para salir al primer estímulo externo que lo gatillara. Más feo que esto, más malo que lo otro, más penca que no-sé-qué, y asi… y ahora no se me ocurre nada. No tengo ni uno. Últimamente lo dejo más a la improvisación, a inventar en el momento… pero es necesario tener una talla a mano, siempre, porque nunca se sabe cuando se puede necesitar. Y lo garantizo, no hay mejor forma de llegarle a la gente que haciéndola reír. ¿Una porción más grande de comida en la fila del almuerzo? ¿Qué la tipa de la farmacia lo atienda mejor y no con cara de poto? Sea amable, relajado y haga el loco un rato. No hay nada que funcione mejor.
Yo tengo un par de esos regalones, que son viejos-viejos, de esos cuando uno pasaba las tardes de los sábado viendo al guatón Francisco (más rato me agacho a recoger el carné…):
Un tipo (gallego, obvio) llama por teléfono a otro, y le dice: “Hola Paco, te hablo por la plancha…” “Hombre! Qué bien se escucha…!” (cuek!)
O el del tipo aquel que le cuenta a otro: “hombre, me he comprado cien palomas…” “¿mensajeras?” “No, no te exagero…” (cuek! cuek!)
Espantosos. Horribles de fomes. Pero, cosa curiosa, igual provocaron risas en su momento. Claro, fueron momentos de angustia, tensión, y encierro en una oficina de 2 x 2, pero igual vale (además, estoy hablando de que el que más se reía es un weón que no sabía cómo murió Picasso… o sea! Ese weón no cachaba nada de chistes!)
Ahora que recuerdo, yo antes tenía hartos chistes estúpidos en la mente, listos para salir al primer estímulo externo que lo gatillara. Más feo que esto, más malo que lo otro, más penca que no-sé-qué, y asi… y ahora no se me ocurre nada. No tengo ni uno. Últimamente lo dejo más a la improvisación, a inventar en el momento… pero es necesario tener una talla a mano, siempre, porque nunca se sabe cuando se puede necesitar. Y lo garantizo, no hay mejor forma de llegarle a la gente que haciéndola reír. ¿Una porción más grande de comida en la fila del almuerzo? ¿Qué la tipa de la farmacia lo atienda mejor y no con cara de poto? Sea amable, relajado y haga el loco un rato. No hay nada que funcione mejor.




























